Thursday 13 August 2020
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elpais - 29 days ago

¿La función debe continuar? Consumidores o depredadores

Resulta casi imposible imaginar, en estos tiempos, ofertas culturales o de consumo de masas con el recato de mostrar escenas que puedan incomodar o herir susceptibilidades del espectador. Y es que, no hace tanto tiempo atrás, el cuerpo humano se mostraba un poco menos violentado, menos vulnerable. Me pregunto entonces qué generó este cambio. Considero que el recorrido podría tener varias vías, pero como escogiendo una ruta de waze para llegar a nuestro destino, vamos a elegir la biopolítica como periplo teórico. Este concepto,  desarrollado a finales de la década de 1970 por el teórico francés Michel Foucault y abordado también por otros pensadores contemporáneos como Giorgio Agamben, nos remite a la indiscutible relación de poder entre individuos, sociedad y Estado. Las transformaciones de gobierno modernas, que han introducido tecnologías, prácticas, estrategias desde lo político y de paso, desde lo cultural, han marcado las pautas para una nueva forma de gobernar la vida, de gobernar los cuerpos. Este poder o gobierno sobre los cuerpos me parece que ha ganado terreno y se ha instaurado en la industria del entretenimiento y la cultura de una manera apabullante y sin reservas. Dicho poder se ha convertido en un vehículo generador, algunas veces, de sensaciones conflictivas, pero otras de vacíos o agujeros negros que no encuentran fondo. De esta manera, el cuerpo se ha convertido en “algo” que a veces importa y otras veces no. El cuerpo es visto como lo común, donde pasa de todo, incluso un vacío en el consumidor, al no llenar sus expectativas. Me refiero a tantas imágenes en películas o series donde la mayoría del tiempo el cuerpo es tratado como algo manipulable y por lo tanto se convierte en un lugar de inscripción de un poder de mercado, un poder económico, a veces político y siempre social. Este poder ha logrado, de alguna manera, crear una sumisión en el espectador, una dependencia de esa manipulación violenta de los cuerpos, de la misma manera que un adicto necesita de su dosis diaria de droga. Es entonces que nos convertimos en consumidores-depredadores de productos que nos mueven ciertos afectos, a veces con tintes de canibalismo, otras con un aire de apatía.  Las escenas son tan cotidianas que estamos perdidos en una especie de  hoyo negro que nos succiona y nos deja perdidos en un ocioso espacio casi sin salida. La biopolítica como un modo de gestionar la vida en todas sus acepciones, desde lo administrativo hasta lo social y lo cultural, se encarga de explicar de manera bien articulada, de qué forma el poder se genera desde el control mismo de esas vidas. Los diferentes dispositivos que ha utilizado y continúa utilizando el poder para disciplinar y adoctrinar a los individuos, están tan bien instaurados en nuestra cotidianidad que ni siquiera nos damos cuenta de ello. Somos capaces de consumir horas y horas de “entretenimiento” viendo, un alto porcentaje de ese tiempo, escenas con un profundo grado de violencia, pues hemos sido preparados para ello. El entretenimiento, paulatinamente, se recrudece y se transforma y nosotros con él. Sí, estamos modificando constantemente nuestra capacidad de c y entre más consumimos, más dosis vamos a necesitar. La industria cultural, en cierta forma, se ha apoderado también de nuestros cuerpos y de nuestras vidas. Bombardeados constantemente por espectáculos que incitan a ser devorados sin que medien convenciones estéticas, tanto creadores como consumidores, somos parte de ese juego de manipulación y poder de la gran industria cultural. Esta simbiosis tiene sus efectos en diversas manifestaciones artísticas como el cine, las series de televisión, la música, entre otros. Respecto a la música lo podemos encontrar en canciones cuyas letras estimulan una administración del cuerpo, en cierta forma extraña, pues sugiere un objeto de deseo pero a la vez un objeto de desecho. Pienso por supuesto en las atrevidas letras del reggaetón, en las cuales el cuerpo es un símbolo sexual y de deseo, pero a la vez disponible para cumplir los instintos más o de los famosos narcocorridos, donde el objetivo es narrar con música las experiencias de un narcotraficante como sello de su poderío y apología del delito. Si analizamos un poco la situación, el contenido de estas letras está íntimamente relacionado con el contenido de lo que la prensa se encarga de publicar. En ambos ejemplos  encontramos todo un entramado político y social donde se ejerce un poder que condiciona acciones en la vida de una población. Así como lo plantea la biopolítica y todas sus reinterpretaciones y adaptaciones, el poder ha llegado para quedarse en nuestras vidas generando mecanismos que se introducen en lo más íntimo de nuestra subjetividad, maniobrando sobre nuestros cuerpos, nuestros pensamientos, nuestras conductas y nuestros afectos. Pero les invito a imaginar por un momento, la posibilidad de accionar el botón de cambio, tal cual control remoto de televisión y pasar el canal. De esta forma podríamos adquirir una postura más crítica ante la oferta cultural y de entretenimiento que recibimos a diario y así poder decidir con mayor grado de sensatez si la consumimos o no. Pienso también en la publicidad como medio que fomenta la violencia desde diversas perspectivas. Por ejemplo aquella que “de manera inocente” expone atributos masculinos o femeninos basados en una relación de desigualdad. Asimismo cuando el contenido incita a comportamientos que disfrazan acciones agresivas pero aceptadas pues se asumen como muy normales. Y ni qué hablar de la manipulación del cuerpo femenino como producto o mercancía lista para ser devorada, por medio de mensajes subliminales y otras veces explícitos, que lamentablemente no somos capaces de observar. Así mismo lo hacemos cuando vemos una serie de televisión, que seguramente no sólo muestra la mayor cantidad de abusos posibles, sino que además despierta en nosotros un estado de morbosidad difícil de cuantificar. Si es que inevitablemente somos parte de un sistema, que como bien lo define la biopolítica, ha establecido la norma como un mecanismo de orden y organización social, ¿solamente nos queda conformarnos con aprobarlo y comulgar con ella? ¿Debemos aceptar que el arte y el entretenimiento solo pueden manifestarse a través de la violencia y del sometimiento de los cuerpos? Tenemos dos caminos: buscar un nuevo enfoque que reivindique nuestro derecho como consumidores ante una suerte de normalización en el disciplinamiento de los cuerpos como objeto de deseo o de desecho, o entrar en ella (normalización) y asumir de la manera más natural una posición meramente de espectador. Si tomamos el primero, probablemente sufriremos un síndrome de abstinencia donde sintamos que ya aquel producto que buscamos no nos llena, pero que en el fondo podría ayudar a cambiar nuestro estatus de “depredadores”. Ante un segundo camino, podemos decidir si quedarnos indiferentes ante la oferta, pero en realidad aceptándola. Si es así, me remito entonces a utilizar otros signos de puntuación en el título propuesto a este texto: ¡La función debe continuar! (*) Tanya Cordero, Doctoranda en Estudios de la Sociedad y la Cultura de la Universidad de Costa Rica.


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